Un Maestro en el Ganges

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Cuento de un viaje

UN MAESTRO EN EL GANGES

Sucedió en la calle angosta y dispareja que se encontraba enfrente de nuestro hotel en Benarés, el Palacio del Ganges, y que conducía al famoso Ghat de Assi, una de las escalinatas más importantes en esta ciudad ancestral—supuestamente la ciudad poblada más antigua del mundo, también conocida como Kashi o Varanasi—escalones que por siglos han descendido al río místico, inefable y eterno, el majestuoso Ganga. En esta callecita se acomodaban todas las mañanas mendigos harapientos deseosos de alguna moneda o algún deshecho que tal vez los turistas culpígenos o lugareños que en el albor del día bajaban a bañarse a las aguas sagradas pudieran depositar en sus cuencos abollados de metal. Al lado de ellos se acomodaban sadhus o renunciantes, buscadores santos y locos quienes no hallaban más para ellos un lugar apropiado en este mundo, degradado y profano, y que entonces se entregaban de distintas maneras, sobrias o arrebatadas, a la inmemorial conquista del absoluto. Había entre ellos, por ejemplo, uno que tenía como mejor amigo a un mono. No se sabía quien cuidaba a quien, ni tampoco quien había sido el de la idea de vivir el uno para el otro, si el dios—no el animal—o el santo, ya que era evidente que esta relación se modelaba en la lealtad y amistad incondicional del hombre con la deidad conocida como Hánuman, el dios mono venerado por los hindúes. A su vez, junto a estos extremistas que por ahí merodeaban de manera normal y natural—y que en occidente serían tildados de excéntricos y considerados serios candidatos a ser evaluados en un gabinete psiquiátrico—se instalaban entre ellos y otros menos exagerados, sacerdotes que ayudaban a los bañistas en sus pujas o prácticas de servir y ofrecerse al Río, sinónimo de vida y receptáculo de las cenizas de los muertos, testigo sigiloso del interminable devenir humano. Por último, aquí y allá, entre viajantes y barqueros, de un lado y del otro, podían observarse vendedores y artesanos de diversa índole, representantes de un oficio ancestral a través del cual intentaban en aras de su supervivencia también obtener una porción de aquel sustento que tanto necesitarían para ese día. Este singular paisaje se erguía entonces como un gran espejo confrontándonos sin más remedio con la verdad de que todos éramos y seríamos unos vagabundos.

Fue así que en medio de este palimpsesto de necesidades básicas y anhelos de trascendencia, ingredientes indispensables en este zoológico humano, todas las mañanas afuera de nuestro hotel en la ciudad más sagrada de la India, ponía su puesto un simple artesano y colgaba ahí en una tela descolorida toda su mercancía, compuesta de collares, pulseras, aretes y otros objetos de joyería. Para nosotros que salíamos a pasear por esta vía todos los días, debo de confesar que esta persona pasaba totalmente desapercibida. Nunca atrajo nuestra atención y ni siquiera sentimos la tentación de ir a husmear de qué se trataban los no muy distinguidos objetos que vendía. Analizándolo en retrospectiva, ¡qué cruel y difícil situación! De entre todo este sagrado manicomio había personas que provocaban en uno un profundo rechazo, otros una inmensa atracción o admiración, pero hacia este pobre hombre, no habíamos sido capaces más que de dirigirle una fría indiferencia. Cobijada en un manto de “neutralidad”, acaso la más altanera de todas las respuestas humanas ante el prójimo.

Les cuento todo esto para poner las cosas en contexto, poner de relieve y provocar un contraste con los sucesos sorpresivos, repentinos, que acontecieron después. Era nuestro último día en Varanasi y Julia y yo salimos a dar un último paseo por las inmediaciones del lugar, donde ya varios de los seres que deambulaban y habitaban por ahí se habían vuelto nuestros conocidos, miembros de una familia idiosincrásica que ya nos otorgaba una cierta comodidad aunque fuera pasajera. El barquero que siempre nos gritaba “bot, bot”; el buen hombre del rickshaw que siempre nos llevaba a Rahul Guest House a ver si se encontraban ahí nuestros amigos; el viejito limosnero de gafas fondo-de-botella; el sinnúmero de oportunistas que no sabían acatar un “¡no!”; por no decir todas las vacas callejeras, búfalos de agua, changos, perros, cabras y demás que orgullosamente y con derecho podían llamar “suyo” al Ghat de Assi. No sé si este humilde artesano que pasaba desapercibido ante nuestros ojos intuyó que en ese día partiríamos. El hecho es que cuando bajábamos por las escalaras que conducían a la entrada de nuestro hotel, este hombre se nos acercó súbitamente y de la nada le regalo una pulsera a mi hija Julia colocándosela en la muñeca izquierda. Este hombre de piel suave y almendrada tenía una sonrisa digna y sencilla. Fue grande la sorpresa y enorme nuestro gusto de haber recibido este inesperado obsequio. Al principio, mal educados como estábamos, por culpa de esas inevitables experiencias en la India que siembran en uno la inevitable dosis de desconfianza, esperábamos que una persona así quisiera algo de nosotros, que nos presionara para poder hacer alguna venta adicional u obtener algo a cambio, llevarnos a su susodicha tienda o compañía—la famosa frase: “let me take you to my company…”—lo que terminaba muchas veces en una trampa cuyo único objetivo era el de tender redes de seducción exótica para finalmente pescarle unos billetes a los incautos. Sin embargo, esto no fue así. Lejos, muy lejos de ser así. Inmediatamente nos dimos cuenta que sus intenciones eran sinceras y que este hombre tenía un noble corazón. Simplemente quiso darle algo de sí, un detalle, algún recuerdo, a esta niña ingenua y extranjera que como princesa se paseaba delante de él todos los días. Un acto espontáneo de generosidad hacia la niña sonriente que se había atrevido a hacer la prueba de pisar estas tierras enigmáticas y remotas. Porque nosotros, para él, no le éramos ni le habíamos sido indiferentes.

Regresamos emocionados al hotel, recapitulando y reflexionando, seguros ya de que en última instancia, en medio de este caos ordenado que es la India, nos habíamos sentido queridos y aceptados, ratificados, envueltos definitivamente quizá por los brazos silenciosos de una Gran Madre que era el Ganges. Fue en ese momento que Julia, desde un balcón en el hotel que daba a la calle donde se podía ver a toda esta gente en su actividad y también a los transeúntes, exclamó impresionada: “Papi, ¡el señor artesano que me acaba de regalar la pulsera no tiene piernas!” ¡Y era cierto! Estaba sentado con los muñones cruzados sobre un tapete viejo al lado de su puesto, efectivamente sin pies ni piernas, y junto a él reposaban, como un espejismo que llevara a uno a frotarse los ojos, sus dos prótesis que se ponía cada vez que tenía que caminar o ir a alguna parte, como cuando se levantó y acercó a nosotros para regalarnos la pulsera. No nos habíamos dado cuenta. Sentí un fuerte retortijón en las entrañas. Entre tanta confusión humana, entre tantas cosas a observar y entender, ni siquiera habíamos reparado en que este digno hombre no tenía piernas y que se movía con unas prótesis que podían ponerse y quitarse a voluntad. La dije a Julia, “Ven, vamos otra vez con él, a conocerlo un poquito y a darle otra vez las gracias.”

Al bajar con él nos contó su historia, una historia increíble. Hace algunos años había tenido un terrible accidente y había perdido sus dos piernas. Este hecho catastrófico había forzado las cosas a tal punto que él tuviera que colocarse como cualquier otro mendigo a la entrada del Ghat para tomar las migajas que tanto extranjeros como locales pudieran aventarle. No supimos bien a bien como ocurrió su accidente, ya que no nos lo contó; pero lo cierto es que nunca perdió su dignidad, ni su sonrisa, ni supongo, su gran humildad. No lo sé. Él pudo haber sido así desde antes o bien el accidente radicalmente lo cambió. La verdad no lo sé… Si fue esto o aquello, su disposición o carácter, su personalidad, o si fue la suerte, si fueron los dioses, si fue el destino, el karma como lo llaman por allá, o si fue simplemente el misterio inescrutable de cómo se entretejen los sucesos en este mundo. De seguro no lo sé; pero algo, alguien o nada, lo que sea o lo que no, algo provocó que un día una señora australiana que se hospedaba exactamente en el mismo hotel que nosotros, el Palacio del Ganges, decidiera acercarse a este hombre y regalarle el dinero que necesitaba para la operación que pudiera sanarle sus piernas amputadas y obtener las prótesis que le ayudarían a caminar aunque fuera de manera imperfecta. Era una mujer desconocida para él, una mujer que sólo porque sí, había decidido ayudarle y proporcionarle los fondos necesarios sin esperar nada a cambio. Nos dijo que ella le regaló 800 dólares y un poco más de dinero para que pudiera poner su puesto de joyería y otras artesanías que él traería de la región de Goa, ganarse así una fuente de sustento. Y terminó su historia diciéndonos, mirando hacia el cielo, levantando los brazos para señalar el infinito: “Fue un acto de Dios.” Le traduje sus palabras a Julia, recontando la historia que él narró. Asombrados, conmovidos, le volvimos a dar las gracias por el obsequio inesperado de la pulsera.

Regresamos al hotel por nuestras maletas. El taxi al aeropuerto ya nos estaba esperando en el estacionamiento contiguo. Sentí el impulso de darle dinero a este buen hombre, con esta historia tan impactante, una historia de tragedia y esperanza en este mundo herido y sublime. Me vino a la mente un midrash de la tradición textual del judaísmo, un comentario interpretativo que cuenta como Dios finalmente se había decidido a crear el mundo porque se dio cuenta que el ser humano si era capaz de llevar a cabo actos de bondad. ¡Qué eran 800 dólares para nosotros! A lo mejor habíamos gastado esa misma cantidad o más en nuestra estancia de diez días en Varanasi. Sentí un fuerte impulso y le dije a Julia, “Porque no le damos dinero, porque no le compramos todo el puesto. Podríamos…” No obstante, en eso, y por suerte, me refrené…

Me acordé de una experiencia que tuve en mi juventud, cuando estaba cursando en la universidad una maestría en filosofía existencial. Tenía un compañero de estudios proveniente de Jakarta, Indonesia, llamado Aloesius Soesilo, quien al final del curso me eligió a mi para hacerme un regalo, quien sabe porque, ya que había muchos otros compañeros en el grupo y entre él y yo, al igual que con el artesano de Varanasi, habíamos pasado bastante desapercibidos el uno para el otro. Al menos es lo que creía yo. Me obsequió una preciosa máscara balinesa que conservo hasta la fecha y que había traído consigo desde su país natal, una única pieza para regalarla a alguien el último día de la maestría. Me parece que fue una mezcla de sentimientos—orgullo, vergüenza y una convicción de afecto no merecido—lo que me impidió tolerarlo: el mero hecho de recibir algo, así, en bruto, de sólo recibir y de permitirme este recibir. No lo toleré. Salí corriendo hasta el departamento en el cual vivía para tomar algún objeto que hubiera traído yo de México para regalárselo a él también, dárselo “a cambio”, escenificando una torpe imitación del gesto de poder obsequiar algo con entera libertad, nada más porque sí, o porque algo en el otro logró despertar en nosotros este deseo, siguiendo la lógica de las corrientes incomprensibles que circulan a través de las relaciones humanas. Cuando lo hice, miré y me encontré con unos ojos decepcionados. Agradecidos por el acto, pero de alguna manera decepcionados: me di cuenta sin lugar a dudas de que había arruinado algo. Aloesius me quería ofrecer algo a mí y que yo únicamente lo aceptara, en base a un gesto espontáneo de cariño y, porque no, también de un halago.

Me acordé, me acordé de este evento en mi pasado y, como mencioné anteriormente, ¡por suerte! Entonces le dije a Julia: “No, no debemos tapar y ensuciar el acto, el gesto que el artesano tuvo con nosotros al regalarte la pulsera.” Podíamos darle mucho, si, incluso comprarle todo el puesto si quisiéramos, pero no, ahora nos tocaba a nosotros recibir, recibir de un hombre así, dejar que fuera él el que nos diera, un hombre que había perdido sus piernas, un hombre a quien otra persona, no nosotros, sino otra persona, otra mujer en este caso le había entregado a él una ofrenda impagable. A él le tocaba dar y a nosotros recibir; a él ser el de las riquezas, el de los tesoros, mientras nosotros debíamos permanecer en la desnudez de ser como aquellos que caen y caen por el vortex de la vulnerabilidad. Porque en este preciso momento era aquel hombre que se había quedado sin piernas el que tenía y nosotros éramos los cojos, los mancos, los carenciados, los pordioseros a los cuales algo les faltaba, en definitiva, los necesitados de una enseñanza. Ya que por supuesto, no se trataba de una cuestión material. Que le otorgara una parte de su pequeño tesoro a una niña curiosa que pasaba delante de su puesto todas las mañanas representaba sólo la parte más superficial. Aquí y ahora, de frente a nosotros, era él el poseedor de esta gran enseñanza.

No fue fácil. Muchas veces por angustia intentamos llenar los huecos de esta indomable y terrorífica existencia. Este hombre era dueño de una gran sonrisa. No fue fácil abstenerse. Yo experimentaba un hoyo en la boca del estómago. Sin embargo, no dar era lo que se requería, y permitir que fuéramos nosotros los tocados por una brizna de la verdad. ¿Quién es el que da? ¿Quién el que recibe? ¿Y cuál es el auténtico regalo? En Zen se recita el verso: “Ojalá que yo pueda percibir y realizar la vacuidad de las Tres Ruedas—el que da, el que recibe y el regalo…” ¿Dónde empieza uno y donde termina el otro? ¿Son diferentes o son la misma cosa? ¡Qué oportunidad tan extraordinaria de constatar la naturaleza de la profunda interdependencia que nos caracteriza! No somos nada sin el otro.

Esta gran historia quedará grabada en nuestros corazones. Terminó así: justo antes de subirnos al taxi tuvimos la oportunidad de despedirnos del artesano. Por dentro y por fuera nos seguimos absteniendo, evitando sucumbir a la ilusión de una falsa omnipotencia, entregándonos más bien al dolor de lo bello y a la belleza de lo irreparable. Ya aquí, desde el lado opuesto de la Tierra y a través de este ejercicio de escritura, se me ocurre ahora este juego de palabras: pudimos permanecer en el desconcierto de lo que implica ponerse en manos de alguien que no tiene piernas. Tal vez por un segundo nos pudimos arrojar a la extrañeza de lo que significa dar y recibir sin manos y sin piernas. ¿Porque qué nos pertenece? ¿Qué es lo realmente nuestro? ¿Acaso lo que no tenemos? ¿Acaso lo que no podemos tocar ni palpar? ¿Será eso lo único que en el fondo honestamente tenemos para dar? “Te obsequio lo que no tengo.” “Toma, lo que no tengo es tuyo, te lo ofrezco.” Es decir, te doy todo mi yo o mi todo yo, porque en realidad soy más yo cuando no soy yo. ¡Esto sí que es libertad! ¡Cuánto aire! Nos une aquello que nunca podremos reclamar como nuestro. No me tengo y nunca me tendré. Y así es con todo lo demás. “Lo profundo llama a lo profundo…” Eso es lo que doy y es lo que recibo. Eso es lo que intercambiamos. Nuestro desamparo. Nuestra impermanencia. Nuestra insubstancialidad.

Desde esta posición de poder pensar las cosas en retrospectiva, me aparece en este sentido una anécdota Zen de la China antigua: Huike se presentó ante Bodhidhrma en su cueva de Shaolin y le declaró: “Maestro, por favor, quiero aprender de usted. Tómeme como su discípulo.” Bodhidharma lo rechazó dos veces, por lo que Huike decidió cortarse el brazo y entregarlo a quien iba a ser su futuro Maestro para expresarle así su sinceridad. En ese momento, Bodhidharma decidió aceptarlo como su alumno. Se cuenta que en realidad Huike ya había perdido el brazo anteriormente en una riña con unos ladrones. ¿Qué quiere decir entonces? ¿Será que Bodhidharma acepta a Huike como su discípulo justo en el momento en que éste está dispuesto a darle lo que ya no tiene? Como señal y muestra de su hambre espiritual, Huike le entrega a Bodhidharma lo que ha perdido, su falta, su nada. Cuando nos decidimos a dar lo que nunca fue nuestro; declinar, donar aquello que erróneamente creíamos nos pertenecía, nos definía—nuestro ser, nuestro yo—ahí comienza nuestra enseñanza. Te doy lo que no tengo, quiere decir, mírame, veme, soy en mi yo-nada. Existo más donde no soy, que donde siempre había pensado que debía ser. Mi no ser es lo más genuino, lo más verdadero de mí. El ser no es un objeto que pueda poseerse o no poseerse. Tampoco la vida. El tesoro es tener y no tener. En ocasiones damos, en ocasiones no damos, en ocasiones lo damos todo, en ocasiones damos una nada como signo de nuestro no-saber y de nuestra humildad. Esta es la vida humana. Lo importante es saber lo que estamos haciendo, con más transparencia y menos engaño. Con diligencia y no con negligencia es que podemos adentrarnos en estas verdades tan íntimas. Manos llenas y manos vacías. Piernas o prótesis. Dar y recibir. Sólo existen instantes, momentos frágiles de encuentro…

Y entre tanta reflexión y tendencia a la filosofía, ¡ya no terminé de contarles el resto de la historia! Cuando esa misma tarde nos despedimos del artesano—y de esta ciudad mágica sobre el Ganges, hogar de muchas y muy diversas divinidades, la sagrada Kashi o Varanasi—este gran hombre, lejos y por encima de todo, recto, erguido como era, decidió regalarle un collar de cuentas a mi esposa María y un collar más a mi perpleja, y por ello más adorable, hija Julia.

¡Qué hombre memorable! ¡Que los dioses cuiden y protejan los actos de bondad en este mundo! Al shlosha devarim… Los sabios del judaísmo siempre pensaron que el universo entero se sostiene sobre tres pilares: el estudio, el trabajo de abrir el corazón y los actos de bondad. Es secreto de algunos, sabiduría común para otros y un extraordinario descubrimiento para unos cuantos más, como yo, saber que ahí radica nuestra fuente y se encuentra todo lo que nos permite seguir adelante.

A los justos, bodhisattvas y tzadikim de todo el mundo, vivos y muertos…
A mis padres z’’l, de bendito recuerdo…

Sergio Stern Nicolayevsky
Xalapa, Veracruz, 25 de febrero del 2013

 

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ACERCA DEL AUTOR

Sergio Stern es practicante de meditación zen desde 1994 y fundador de Montaña Despierta, un espacio para la práctica de la meditación inspirada en el Zen, en Xalapa, Veracruz.